jueves, 26 de marzo de 2009

Escritos...


Siempre es bueno leer escritos de otras personas, que escriben bellas letras que nos emocionan y nos ayudan a pensar en la vocación educativa. Hace unas semanas atrás, en un ramo llamado "Aprendizaje y ciclo Vital I" se nos pidió escribir un poco sobre nuestra vocación por la pedagogía y para que les voy a mentir, fue un trabajo que me emociono, pero no tanto por mi historia, sino por la de mis amigos. Aqui publico una de esas historia que es de mi amiga María Isabel galdames, o más conocida como "Marita". Espero que les guste tanto como a mi. Disfrútenlo y medítenlo.

Relato de una Caminante
Por María Isabel Galdames.

“Una vida sin búsqueda no es digna de ser vivida”
Sócrates

Galdames Leyton María Isabel, ese es el nombre con el que figuro de manera formal en todos los papeles importantes, es el nombre que papá y mamá pensaron durante 9 meses y que se hizo fáctico un 4 de junio de 1990, aún así, prefiero que me nombren de otra manera, no con el conjunto de palabras que me permite figurar en lo elemental, sino con la palabra que me permite ser yo, por eso prefiero que me digan Mara o Marita (según sea el cariño). Tengo 18 años, pronto cumpliré 19 y los surcos de mi cara me hacen representar unos 20, es decir, pertenezco un extraño grupo etario compuesto por tres números correlativos. Soy una caminante, que por ahora viaja en el sendero de la universidad, y cruza junto a otros 8 amigos, hermanos el difícil trayecto de la Pedagogía en Filosofía.

Eso si, antes de llegar a esa parte del camino, recorrí otros lugares y me empape de otras experiencias que se unieron y cómplices, unas de las otras, me llevaron a este lugar por el que ahora viajo. Es así, como mi recorrido educativo se compone de diferentes etapas, vividas en diferentes lugares. Primero, desde el 4 de junio del 90, día cero de mi vida hasta que entre al colegio en el 95, aprendí grandes cosas bajo el seno familiar, en mi mundo de luz. Por aquella época vivíamos en el campo exactamente en un lugar llamado Sagrada Familia, séptima región, ahí ubicada entre el cielo y el pasto supe sobre el por qué de los colores, que existían los niños y las niñas, que convivíamos a diario con mas seres vivos y que de grande la gente estudia y trabaja, y entre juegos invente mis primeras teorías acerca del mundo, es decir comencé a soñar despierta.

Luego, como en la vida de la mayoría de las personas y en particular en la vida de los caminantes, apareció una montaña que debía cruzar para avanzar y entre al colegio, estudie en el Kinder de Sagrada Familia, en el pueblo, el primer día no tenia mucha noción de que era lo que realmente estaba pisando y por que debía caminar por ahí, solo advertía que otros marchaban conmigo y que algunos de ellos estaban asustados, lloraban, mientras que los demás nos entreteníamos explorando la primera parada de la montaña. Al año siguiente entre al liceo del mismo pueblo, recuerdo que ese año fue maravilloso aprendí a observar de manera diferente las letras, descubrí que al juntarlas, uno logra leerlas, escribirlas y lo más importante entenderlas.

De ahí a cuarto básico también aprendí que los profesores eran las ollas que contenían grandes tesoros, de todos los que hasta esa época conocía, la que más me marcó fue mi mamá (que era profesora). Jamás me hizo clases, pero pude ver cómo se apasionaba a diario por esos jóvenes a los que enseñaba, cómo les entregaba cariño, concejos y lograba hacerlos viajar de manera más segura, con más piedras preciosas en sus mentes y corazones.

En el nuevo milenio mi camino cambio su paisaje, nos fuimos a vivir a la ciudad, entre a un colegio particular, descubrí que los seres humanos inventamos métodos de diferenciación como lo es la clase social o el color de piel, me di cuenta que antes me discriminaban porque mi papá no era obrero y que ahora me miraban raro por que mi papá no era el dueño de la empresa. No obstante, no todos los árboles del bosque son de la misma especie, porque al vivir en la misma ciudad de Curicó y estudiando en el mismo colegio, conocí a mis grandes amigos, seres mágicos que el camino me mostró y pude ver de manera acertada, ellos me alentaban a seguir avanzando por la montaña. Aún así no lo puedo negar, a veces sentía nostalgia por el campo y mi escuelita pública.

Más tarde, cuando pasaba por el agreste camino de la adolescencia, a los 14 años de mi vida, salte de una montaña a otra y viví lo que fue para mí un gran desafío, regrese al campo, pero en otra región, la Metropolitana, que es otro mundo. Isla de Maipo se llama aquel lugar, en donde actualmente mi familia reside y donde mis padres, hermanos y yo aprendimos lo que es extrañar la tierra natal. Ingrese al Sagrado Corazón de Talagante, no me resultó difícil adaptarme, pero me sorprendió bastante la diferencia de mentalidades entre un lugar y otro, la gente tenia más cultura, se vestían bajo el nombre de una religión que no profesaban realmente y además estaba en la adolescencia fue complicado vivir a la vez cambios internos y externos. Pero eso me ayudo a formarme, esta camínate aprendió en esa ruta técnicas de sobrevivencia que le servirán para toda la vida. Lo más importante de esa etapa fue que logre distinguir mis gustos y formar mi personalidad, aprendí de grandes errores y de otros buenos amigos que encontré. Por otra parte en esa época conocí la filosofía.

Finalmente, cuando estaba bajando de esa montaña y el año 2007 llegaba a la llanura, triunfante (termine cuarto medio). Descubrí que estaba creciendo y sobre todo que ahora me tocaba seguir sola, mi mochila estaba repleta de experiencias y ahora era el momento de aplicarlas. Entonces me toco decidir ¿que rumbo seguiría ahora? Muchas opciones me gustaban: quería ser poeta y al mismo tiempo hacer política, quería ser artista o trabajar con mi imaginación y a la vez dedicarme a la sociedad. Tarde un tiempo en saber que no se puede ser y tener ambas cosas a la vez, que no le sirvo al sedentarismo que ya tiene todo establecido, soy una caminante en continua búsqueda, en continuo ensayo y error. Deje de mortificarme bajo el Dios y las leyes que son lejanos y que más bien tenían aspecto de ídolos que no me pertenecían. Esos pensamientos fueron por un tiempo mi tormento y mi continua visita a la desgracia, que estaba a la vez acompañada por esta sociedad y sus obligaciones, las que en mis caminos a veces intento dejar atrás.

Fue entonces que me senté a analizar, tenia un camino terminado, pero la vida seguía y tenia la oportunidad de recorrer más, entonces fue cuando quise tomar una decisión como mujer, con mi totalidad, uní a María Isabel Galdames la formal y a Mara, mi personaje personal, y comencé a estudiar pedagogía en filosofía, nombre del camino que no me conduce ni al cielo ni al infierno, sino que me lleva a mi propio corazón, allí donde esta la paz real, lo más parecido a los Dioses de otros y el amor que me pertenece, y sobre todo donde quedan todas las cosas que en mi continua búsqueda he encontrado. Ese corazón que en diferentes lugares ha quedado repartido y que estaba acostumbrándose a la nostalgia de lo caminado.

Este nuevo camino me provocaba una agitación intensa, conté a mis padres mi decisión, me apoyaron, conté a la sociedad mi opción y muchos me criticaron (“es una inseguridad estudiar eso, el campo es lo que nos da la vida, estudia y trabaja por el”). En realidad poco me importo, ahora las verdades se presentarían ante mí y nuevamente emprendería el asenso por un monte que tenía que conquistar. Debo reconocerlo, no todo fue tan fácil, viví por primera vez a partir del 10 de marzo del 2008 la soledad, el estar en un lugar con la familia que extrañamente uno no conoce. Aunque nuevamente encontré a grandes personas y sobre todo encontré otra familia, más pequeña, gane dos hermanos-primos mayores y una mamá maravillosa. Ellos me han apoyado hasta ahora y me ayudan a saltar las piedras que en mi camino aparecen.

Ese primer año aprendí a sobrellevar la nostalgia, a vivirla de una manera más positiva y dulce. Comprendí, como dice Herman Hesse, que cada uno debe llevar su corazón consigo mismo, simplemente porque para nosotros, los caminantes, al dejarlo repartido nos detenemos y quedamos aferrados a los lugares por los que viajamos, pero cuando se queda con su dueño, nos entrega impulsos vitales para seguir andando.

Ese año también experimenté grandes inseguridades, no sabía si lo que estaba emprendiendo era la opción más acertada. En esos momentos de duda, me detenía a recordar a quienes en mi vida me enseñaron, a esos que sin más interés que el de entregarme los lentes para ver lo que a ellos les parecía hermoso me regalaron cariño, sabiduría y una vocación. Me refiero a los profesores que conocí en los colegios por los que anduve. Los que me parecían los mejores eran aquellos que no se contentaban solamente con enseñar lo que se les exigía en el salón de clases, si no que estaban dispuestos a dar su tiempo para entregarnos consejos o simplemente para escucharnos.

Uno de ellos en especial me marcó, su nombre es Jorge Hernández, un emprendedor, un hombre que, a pesar de sus problemas personales, me recibía en las mañanas con su sonrisa y su abrazo de bienvenida. Recuerdo que me defendía cuando tenía algún lío con ciertas autoridades, eso porque confiaba en mí, siempre tenía la palabra precisa en el momento exacto. Fue capaz de enderezarme cuando estaba cayendo en el desastre, fue severo para hacerme entender, pero siempre con cariño. Aún así, lo que más me impresionó de él fue ver cómo luchaba por cumplir sus sueños; un hombre que bordeaba los 30 años, que era capaz de entregarse del todo por los otros y además de combatir con todo su ser por sus ideales. Así fue como me hizo entender que el mundo se puede cambiar, y que la base de esos cambios está en las pequeñas trasformaciones que, al unirse, se convierten en algo importante; él me enseñó que debemos luchar por esas renovaciones, salir a buscarlas y a realizarlas. Eso se puede lograr através de la educación, enseñando a los jóvenes a proyectarse y a luchar por un futuro mejor, a valorar lo que realmente importa, entre otras cosas. Sí, aquel profesor de historia, Panzer, como le apodamos con cariño, fue un gran apoyo, un gran educador, un gran motivador y sobre todo sigue siendo un gran amigo.

En cuanto a la experiencia misma del estudio de la filosofía y de la educación de esta, hasta el momento me ha entregado al igual que el viento “una maravillosa fragancia de lejanía y otro mundo, de aguas divisorias y de fronteras lingüísticas, de sur y de montañas[1]”. Es decir, resultó ser quizás el mayor de mi viajes, en el que acompañada por libros y otros seres queridos avanzo, para llegar algún día a entregarme del todo en el acto de amor que es la enseñanza de lo aprendido en mi camino, que me parece ser el intercambio más exquisito entre seres humano, la entrega desinteresada de la sabiduría, esa relación fraternal entre profesor y alumno. Así es como llegué hasta esta parte del viaje, marzo del año 2009, empezando a recorrer nuevamente el sendero que me auto propuse domar y que pretendo me revele grandes maravillas y entregue más amor.

Si me proyecto al futuro, luego de repasar todo lo anteriormente dicho, debo reconocer que me cuesta un poco, todos los viajeros sabemos que no siempre el camino que esperamos es el camino que encontraremos, ya que la vida es azarosa y nadie sabe lo que las otras tierras tienen preparado para nosotros. Sin embargo, sueño despierta y en esas fantasías me veo perfeccionándome como ser humano y profesional, viviendo grandes aventuras en otras partes de Chile, enseñando a niños y jóvenes lo que me apasiona, y sobretodo disfrutando de lo que hoy estoy sembrando, pero al mismo tiempo sembrando más y más; buscando y encontrando verdades; recibiendo y entregando conocimientos y experiencias. Todo sin dejar mi esencia atrás, sin dejar de caminar jamás.



[1] Hesse, H. El caminante, Madrid: Brugera-Libro amigo, 1980, Pág.12

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