
La pérdida y esperanza de nuestra herencia intelectual.
Reflexión en torno al concepto peregrinación
El presente escrito es parte de un ensayo de integración que presente para el ramo de Filosofía medieval. Es un escrito que me encanto escribir y que lo presente a la luz públicoa, para que todos lo podamos meditar y reflexionar un poco.
La filosofía medieval nos ha entregado una serie de conocimientos que están insertos en nosotros, como si fuera una simple herencia formadora de nuestra cultura e intelecto. Sin embargo, recordamos que esta herencia medieval está íntimamente marcada por un contexto religioso y filosófico. Es aquí cuando comenzamos a inferir una inquietud, como la de preguntarnos si en nuestra sociedad existe una conciencia sobre nuestras herencias. Para responder esta pregunta, comenzaremos por desarrollar otra duda que nos embarga, sobre la existencia de un ejemplo de la historia medieval cristiana que nos confirme una unión con la filosofía y la religión, pero más que una unión, una ayuda a responder si existe una herencia intelectual en nuestro entendimiento.
En el presente escrito, explicaremos el contexto histórico de las peregrinaciones, para después analizar si existe una herencia en nosotros, con la unificación del concepto peregrinación con la fe religiosa y el intelecto filosófico, desarrollando ejemplos que nos ayuden a aclarar nuestras ideas, como es con San Agustín y Avempace, quienes desarrollaron la búsqueda de un camino filosófico traducido en un extenso peregrinaje marcado por la aventura del conocimiento.
Es aquí cuando descubrimos que la peregrinación no es un simple viaje, sino que es un camino que tiene un fundamento de por medio y no un sencillo destino turístico o comercial; comprobando la existencia de una necesidad, por parte del peregrino, en realizar una búsqueda en su vida puesto que “el peregrino era enviado por una comunidad cristiana, bien para agradecer algo a un santo, bien como penitente”[1]. Es en este apartado cuando analizamos que el camino del peregrino tiene un fin que ayuda a conseguir la plenitud de un bien, pero también comprendemos que la palabra peregrinación se llega a entender como “[…] un peregrino en la tierra, un transeúnte hacia la verdadera Patria […][2]. Sin embargo, podemos manifestar que la búsqueda puede llegar a ser una búsqueda confundida, como fue en los tiempos de las cruzadas, porque también se entendió que “los cruzados son peregrinos armados […] y que combaten por un derecho […]”[3].
Ahora que ya concebimos que las peregrinaciones desarrollan un camino, bajo un fin específico, nos preguntamos sobre la similitud que existe entre las peregrinaciones y la unión entre la razón filosófica y la fe religiosa. Cuando analizamos la filosofía medieval, que tuvo su herencia de la filosofía griega, interpretamos la aparición de un problema que llega a nosotros, para luego tomar conciencia de nuestra incertidumbre, reconociendo que en nosotros existe un límite, como es la ignorancia, que se concibe como el no saber nada, para luego caminar mediante la búsqueda que nos abre a la posibilidad de tener una vida razonable y mejor, tomando la elección de buscar el bien que se expresa en la felicidad de alcanzar una sabiduría.
Pero sabiendo que tanto la vida religiosa como la filosófica, viven un camino de amor, como una simple peregrinación en la tierra en compañía de Dios, en donde la filosofía racional y la fe cristiana buscan una respuesta integral para el humano, como es el camino desinteresado de encontrar un bien para nuestra vida terrenal.
Ahora bien, luego de comprobar una búsqueda, que es la unificación y la herencia que existe tanto en el concepto peregrinación, como en la filosofía y la religión, nos preguntamos: ¿Cómo se dio ésta búsqueda en la historia filosófica? Para responder, analizaremos a dos grandes filósofos, quienes intentaron preparar un camino, uniendo sus herencias recibidas, tanto a un nivel más místico o racional, como fueron San Agustín y Avempace.
Cuando analizamos la vida de San Agustín, descubrimos a una persona que trabajó toda su vida en “[…] una constante búsqueda: de la verdad, de la sabiduría, de la felicidad”[4], el cual fue capaz de cambiar su rumbo para buscar un nuevo estilo de peregrinaje, aceptando la existencia de “[…] la limitación de la razón humana para alcanzar ese mundo y la necesidad de una fe que sólo halló en la revelación cristiana”[5], pero también nos ayudó a comprobar que no basta saber sobre filosofía para realizar un camino favorable de nuestras metas, sino que también tenemos que querer y amar a Dios, que es la experiencia vital que se necesita para saber que el camino es una simple búsqueda interminable que nos llena de vida.
En el diálogo El maestro, del mismo autor, interpretamos a un Obispo que se pregunta el tema bajo una nueva perspectiva, como es el lenguaje, ya que plantea la existencia de una preocupación y de un estudio sobre el conocimiento que se transfiere en las palabras, pero teniendo en cuenta la base religiosa en nuestros pensamientos, ya que “a Dios, en cambio, se le ha de buscar y suplicar en lo más secreto del alma racional […]”[6], porque es Dios quien es capaz de invitarnos a la búsqueda de un simple conocimiento, como es el saber que “el conocimiento de las cosas es más valioso que los signos de las mismas”[7], pero para lograr realizar la peregrinación de nuestras dudas, nos percatamos que el Obispo de Hipona nos ayuda a entender la relación que existe entre el signo, que realiza una búsqueda interior, para llegar al significado de las cosas.
Es aquí cuando confirmamos la existencia de una búsqueda interna por saber el significado de las cosas, pero también que esa peregrinación interior no viene de nosotros, sino que proviene de Dios. Sin embargo, San Agustín es capaz de afirmar su base religiosa.
En definitiva, aceptamos que “la verdad que la razón alcanza sólo es una representación de la verdad que existe por sí misma, por lo que para alcanzar las verdades inteligibles, […], es menester que el hombre sea iluminado”[8], en donde permanece una herencia que llega ser más importante en nuestra vida, como el vislumbrar que “la filosofía consiste en el amor a Dios, es decir, es una búsqueda que acaba en Dios, conociéndole y amándole, en lo cual reside la verdadera felicidad”[9].
Luego de haber desarrollado un ejemplo claro de un camino filosófico, nos preguntamos si existe otra dirección en nuestro extenso peregrinaje que podamos utilizar, para llegar a nuestro destino tan deseado; y la respuesta está con Avempace, que con su texto El régimen del solitario elabora un tratado con bases científicas, para realizar una crítica a las bases místicas, manifestando que “[…] el solitario puede construir por su facultad racional un sistema filosófico, una interpretación del universo que, desde lo más inmediato, permite alcanzar el principio último y radical que da fundamento a toda la realidad”[10], viendo la existencia de un régimen que es “ la ordenación de varias acciones respecto de un fin propuesto”[11]que busca una perfección en su vida.
En otras palabras, vemos que Avempace nos muestra el camino racional para lograr ser felices, afirmándonos que “el solitario descubre las respuestas a las preguntas que se formula en su experiencia cotidiana […]. Asciende desde los niveles más bajos del ser hasta los más elevados, hallando que todo lo que existe tiene una causa […]”[12]. Esto nos ratifica que existe una nueva manera de realizar nuestro peregrinaje, pero, como decíamos anteriormente, es un nuevo camino que nos ayuda a llegar al mismo destino, pues el escrito de Avempace “[…] no es un tratado de ciencia política, sino una guía para la verdadera felicidad […]”[13].
Finalmente comprendemos que la peregrinación se puede entender como un camino extenso que desea llegar a un fin y que no descansa, porque sabe que la búsqueda se puede convertir en una aventura infinita y valorada de seguir caminando para llegar a la felicidad.
Pero desgraciadamente, lo hemos despachado de nuestra vida para priorizar otros temas que no son tan importantes.
Es desde éste error que vemos una segunda causante de nuestros problemas, porque el olvido de nuestras herencias provocó un error en nuestro actual pensamiento, puesto que también nos hemos olvidado de realizar una búsqueda de un bien en nuestras vidas. Es verdad, comprobamos que sí existe una herencia de caminar por nuestra vida, pero no de peregrinar, porque deseamos realizar caminos en donde la búsqueda sea corta y concreta, dejando de lado el recorrido extenso e infinito de buscar, porque lo que interesa en nuestra cotidianidad es el tener soluciones y no trabajar los problemas. No obstante, el camino de nuestra vida no es tan fácil o breve como pensamos, ya que si lo fuera, dejaría de existir un sentido por la vida cotidiana, como es el simple buscar.
Es aquí cuando comprendemos que nuestra sociedad ha caído en la gran tentación de abandonar la búsqueda y de dejar las peregrinaciones a un lado, porque nos sentimos personas autosuficientes que somos capaces de realizar trayectos cortos, como si fuéramos simples intelectuales que lo sabemos todo, pero en realidad nos equivocamos, porque no trabajamos una humildad que se expresa en nuestro tránsito de seguir buscando qué es lo realmente importante para aprovechar nuestra vida.
En el presente escrito, explicaremos el contexto histórico de las peregrinaciones, para después analizar si existe una herencia en nosotros, con la unificación del concepto peregrinación con la fe religiosa y el intelecto filosófico, desarrollando ejemplos que nos ayuden a aclarar nuestras ideas, como es con San Agustín y Avempace, quienes desarrollaron la búsqueda de un camino filosófico traducido en un extenso peregrinaje marcado por la aventura del conocimiento.
Es aquí cuando descubrimos que la peregrinación no es un simple viaje, sino que es un camino que tiene un fundamento de por medio y no un sencillo destino turístico o comercial; comprobando la existencia de una necesidad, por parte del peregrino, en realizar una búsqueda en su vida puesto que “el peregrino era enviado por una comunidad cristiana, bien para agradecer algo a un santo, bien como penitente”[1]. Es en este apartado cuando analizamos que el camino del peregrino tiene un fin que ayuda a conseguir la plenitud de un bien, pero también comprendemos que la palabra peregrinación se llega a entender como “[…] un peregrino en la tierra, un transeúnte hacia la verdadera Patria […][2]. Sin embargo, podemos manifestar que la búsqueda puede llegar a ser una búsqueda confundida, como fue en los tiempos de las cruzadas, porque también se entendió que “los cruzados son peregrinos armados […] y que combaten por un derecho […]”[3].
Ahora que ya concebimos que las peregrinaciones desarrollan un camino, bajo un fin específico, nos preguntamos sobre la similitud que existe entre las peregrinaciones y la unión entre la razón filosófica y la fe religiosa. Cuando analizamos la filosofía medieval, que tuvo su herencia de la filosofía griega, interpretamos la aparición de un problema que llega a nosotros, para luego tomar conciencia de nuestra incertidumbre, reconociendo que en nosotros existe un límite, como es la ignorancia, que se concibe como el no saber nada, para luego caminar mediante la búsqueda que nos abre a la posibilidad de tener una vida razonable y mejor, tomando la elección de buscar el bien que se expresa en la felicidad de alcanzar una sabiduría.
Pero sabiendo que tanto la vida religiosa como la filosófica, viven un camino de amor, como una simple peregrinación en la tierra en compañía de Dios, en donde la filosofía racional y la fe cristiana buscan una respuesta integral para el humano, como es el camino desinteresado de encontrar un bien para nuestra vida terrenal.
Ahora bien, luego de comprobar una búsqueda, que es la unificación y la herencia que existe tanto en el concepto peregrinación, como en la filosofía y la religión, nos preguntamos: ¿Cómo se dio ésta búsqueda en la historia filosófica? Para responder, analizaremos a dos grandes filósofos, quienes intentaron preparar un camino, uniendo sus herencias recibidas, tanto a un nivel más místico o racional, como fueron San Agustín y Avempace.
Cuando analizamos la vida de San Agustín, descubrimos a una persona que trabajó toda su vida en “[…] una constante búsqueda: de la verdad, de la sabiduría, de la felicidad”[4], el cual fue capaz de cambiar su rumbo para buscar un nuevo estilo de peregrinaje, aceptando la existencia de “[…] la limitación de la razón humana para alcanzar ese mundo y la necesidad de una fe que sólo halló en la revelación cristiana”[5], pero también nos ayudó a comprobar que no basta saber sobre filosofía para realizar un camino favorable de nuestras metas, sino que también tenemos que querer y amar a Dios, que es la experiencia vital que se necesita para saber que el camino es una simple búsqueda interminable que nos llena de vida.
En el diálogo El maestro, del mismo autor, interpretamos a un Obispo que se pregunta el tema bajo una nueva perspectiva, como es el lenguaje, ya que plantea la existencia de una preocupación y de un estudio sobre el conocimiento que se transfiere en las palabras, pero teniendo en cuenta la base religiosa en nuestros pensamientos, ya que “a Dios, en cambio, se le ha de buscar y suplicar en lo más secreto del alma racional […]”[6], porque es Dios quien es capaz de invitarnos a la búsqueda de un simple conocimiento, como es el saber que “el conocimiento de las cosas es más valioso que los signos de las mismas”[7], pero para lograr realizar la peregrinación de nuestras dudas, nos percatamos que el Obispo de Hipona nos ayuda a entender la relación que existe entre el signo, que realiza una búsqueda interior, para llegar al significado de las cosas.
Es aquí cuando confirmamos la existencia de una búsqueda interna por saber el significado de las cosas, pero también que esa peregrinación interior no viene de nosotros, sino que proviene de Dios. Sin embargo, San Agustín es capaz de afirmar su base religiosa.
En definitiva, aceptamos que “la verdad que la razón alcanza sólo es una representación de la verdad que existe por sí misma, por lo que para alcanzar las verdades inteligibles, […], es menester que el hombre sea iluminado”[8], en donde permanece una herencia que llega ser más importante en nuestra vida, como el vislumbrar que “la filosofía consiste en el amor a Dios, es decir, es una búsqueda que acaba en Dios, conociéndole y amándole, en lo cual reside la verdadera felicidad”[9].
Luego de haber desarrollado un ejemplo claro de un camino filosófico, nos preguntamos si existe otra dirección en nuestro extenso peregrinaje que podamos utilizar, para llegar a nuestro destino tan deseado; y la respuesta está con Avempace, que con su texto El régimen del solitario elabora un tratado con bases científicas, para realizar una crítica a las bases místicas, manifestando que “[…] el solitario puede construir por su facultad racional un sistema filosófico, una interpretación del universo que, desde lo más inmediato, permite alcanzar el principio último y radical que da fundamento a toda la realidad”[10], viendo la existencia de un régimen que es “ la ordenación de varias acciones respecto de un fin propuesto”[11]que busca una perfección en su vida.
En otras palabras, vemos que Avempace nos muestra el camino racional para lograr ser felices, afirmándonos que “el solitario descubre las respuestas a las preguntas que se formula en su experiencia cotidiana […]. Asciende desde los niveles más bajos del ser hasta los más elevados, hallando que todo lo que existe tiene una causa […]”[12]. Esto nos ratifica que existe una nueva manera de realizar nuestro peregrinaje, pero, como decíamos anteriormente, es un nuevo camino que nos ayuda a llegar al mismo destino, pues el escrito de Avempace “[…] no es un tratado de ciencia política, sino una guía para la verdadera felicidad […]”[13].
Finalmente comprendemos que la peregrinación se puede entender como un camino extenso que desea llegar a un fin y que no descansa, porque sabe que la búsqueda se puede convertir en una aventura infinita y valorada de seguir caminando para llegar a la felicidad.
Pero desgraciadamente, lo hemos despachado de nuestra vida para priorizar otros temas que no son tan importantes.
Es desde éste error que vemos una segunda causante de nuestros problemas, porque el olvido de nuestras herencias provocó un error en nuestro actual pensamiento, puesto que también nos hemos olvidado de realizar una búsqueda de un bien en nuestras vidas. Es verdad, comprobamos que sí existe una herencia de caminar por nuestra vida, pero no de peregrinar, porque deseamos realizar caminos en donde la búsqueda sea corta y concreta, dejando de lado el recorrido extenso e infinito de buscar, porque lo que interesa en nuestra cotidianidad es el tener soluciones y no trabajar los problemas. No obstante, el camino de nuestra vida no es tan fácil o breve como pensamos, ya que si lo fuera, dejaría de existir un sentido por la vida cotidiana, como es el simple buscar.
Es aquí cuando comprendemos que nuestra sociedad ha caído en la gran tentación de abandonar la búsqueda y de dejar las peregrinaciones a un lado, porque nos sentimos personas autosuficientes que somos capaces de realizar trayectos cortos, como si fuéramos simples intelectuales que lo sabemos todo, pero en realidad nos equivocamos, porque no trabajamos una humildad que se expresa en nuestro tránsito de seguir buscando qué es lo realmente importante para aprovechar nuestra vida.
Diciembre de 2008.
[1] Luis J. F. Frontela: Las peregrinaciones en la Edad Media, en: Revista de Espiritualidad 58,
[1] Luis J. F. Frontela: Las peregrinaciones en la Edad Media, en: Revista de Espiritualidad 58,
1999, p. 412.
[2] José Marín Riveros: Cruzada, Guerra Santa y Yihad. La Edad Media y nosotros. Valparaíso:
Ediciones universitarias de Valparaíso, 2003, p. 52.[2] José Marín Riveros: Cruzada, Guerra Santa y Yihad. La Edad Media y nosotros. Valparaíso:
[3] Ibíd., p.61.
[4] Rafael Ramón Guerrero, Historia de la filosofía Medieval, Akal, S.A., Madrid, 1996, p.26.
[5] Ibíd.
[6] San Agustín de Hipona, El maestro o Sobre el lenguaje y otros textos, trad. Atilano
Domínguez, Trotta, Madrid, 2003, p.63.
[7] Ibíd., p.103.
[8] Rafael Ramón Guerrero, Historia de la filosofía Medieval, p.30.
[9] Ibíd., p.31.
[10] Ibíd., p.70.
[11]Avempace, El régimen del solitario, trad. D. Miguel Asín Palacios, Consejo Superior de
Investigaciones Científicas, Madrid, 1946, p.33.
[12] Rafael Ramón Guerrero, Historia de la filosofía Medieval, p.70.
[13] Ibíd., p.71.
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